04 noviembre 2015

Un mundo dentro de otro mundo

Quien hubiese imaginado dos semanas atrás que yo, una chica de lo más corriente, acabaría metida en un mundo dentro de otro mundo.

Seguramente debería empezar contando a que me refiero con lo de un mundo dentro de otro mundo.
¿Cómo os lo podría explicar? Dais por sentado que nuestro mundo está completamente explorado y que no queda nada por descubrir pero cualquier día los científicos podrían decir que bajo nuestros océanos existe toda una civilización... todo un mundo. O, tomando como referencia una de las novelas de ese fantástico escritor llamado Jules Verne, hay un mundo desconocido bajo tierra. Pues se da la casualidad de que, como en otros tantos casos, ese hombre no iba tan desencaminado.

En estos precisos momentos me encuentro claustrofóbicamente bajo tierra, de camino a mi casa desde las profundidades de nuestro gran y inesperado planeta.
El viaje de ida estuvo lleno de contratiempos y escepticismo pero el de vuelta es pura euforia.
Ninguno de los integrantes de la expedición, si se le puede llamar así a un grupo de... ¿cómo llamar a esas personas lo suficientemente mayores pero insuficientemente maduras? Bueno, como decía, ninguno de nosotros esperábamos encontrar nada remotamente interesante, nos bastaba con pasar el fin de semana lejos de nuestras familias y deberes. Incluso, tal vez, tener un lio, un rollete con ese chico que tanto nos gusta... pero yo no... lo decía por... solo para que conste.

Mmm... ¿qué andaba diciendo? ¡Ah, si! Que nada de lo que encontramos estaba en nuestros planes y nada de lo que vimos lo habríamos imaginado ni en un millón de años.

Ninguna luz semejante a la del sol alumbraba el centro de la tierra, solo la vida bioluminiscente nos mostraba por donde andábamos. Ningún ser vivo se parecía a lo que conocemos y la gama de colores de estos era infinita e increiblemente vivida. No existía el viento en ese lugar. Y lo único que se oía eran las complejas melodías que entonaban los seres de ese mundo dentro de otro mundo. 

26 octubre 2015

Correo a un viejo amigo

Hola,
hace mucho tiempo que no te escribía, supongo que el tiempo surte efecto y los recuerdos se desvanecen poco a poco...
Hacia tiempo que no miraba esta carpeta llena de correos que ya he olvidado en su mayor parte, siempre con la tentación de abrirla pero nunca sucumbiendo a ella, hasta hoy. No tengo la intención de leerlos y he llegado a la conclusión de que nunca volveré a escribirte. Este sera mi último correo.
Aunque me pese tengo la certeza de que, incluso dentro de muchos años, un fugaz pensamiento volverá a mi mente y un ligero peso se instalará en mi corazón al recordar el brusco fin sin despedida de nuestra amistad.

Solo quisiera agradecerte una ultima vez el apoyo que me brindaste en los malos momentos. Muchas gracias.

Adiós.


Tras mandar este correo con absoluta determinación, otro en respuesta llegó al instante. La sorpresa me embargó y la expectación disparó mi corazón. Temerosa abrí el correo para descubrir que lo único que me unía a mi entrañable amigo había desaparecido. Ya nunca recibiría noticias suyas, ni yo podría escribirle nunca más. Su dirección de correo había sido eliminada.

A pesar de los años que habían transcurrido desde la ultima vez que habíamos hablado, siempre tenia la certeza de que él estaba al otro lado de ese hilo intangible y ahora había desaparecido para siempre.
Un mar de sentimientos que no alcanzaba a comprender me invadió, robándome la calma de la que minutos antes disfrutaba. Sentimientos contenidos que no quería descifrar.

El olvido fue la única vía que contemplé, un olvido profundo y completo.
Y así dije adiós para siempre al amigo que había estado conmigo en el peor momento de mi vida.

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