LOS HABITANTES DEL REINO DE LA NOCHE ETERNA

Los vampiros; los gelidos; los bebedores de sangre; los no-muertos; los seres de la noche; los eternos; los inmortales. Los "monstruos" que tanto temian los humanos des del principio de los tiempos y que ahora creen meras fantasias. Ellos son los que un día serán los dueños y señores de este mundo canviante y harán que la noche sea la reina de sus vidas.

The angels of darkness

Hacíamos retumbar los cristales de las ventanas de esa vieja mansión abandonada cada noche.
No necesitábamos mas que a nuestra musa: la sangre.

The angels of darkness, así nos hacíamos llamar como grupo heavy.
La cantante del grupo era Abigail, la habíamos apodado Miss Bloody, a pesar de que siempre la llamábamos Bloody, por su infinita devoción a la hematofagia . En realidad todos eramos miembros de un club ematofágico que había en la ciudad pero ninguno de nosotros se parecía a ella. Mis Bloody era una adicta a los vampiros: no podía vivir sin pensar que existían y que algún día conseguiría que la convirtieran, lo deseaba con todas sus fuerzas. Nunca contábamos entre nosotros esas paranoias por miedo a que se enfadase, pero todos creíamos que estaba loca de atar. Aun que, ahora que lo veo des de otro punto de vista, no eramos los mas indicados para criticarle por eso.

Erik era el batería y a quien se le ocurrían las mejores letras. No nos costó demasiado encontrar un apodo para él, acordamos uno que le pegaba una barbaridad: Demon. Ese chico era un maldito demonio , iba en contra de toda norma, le encantaba la destrucción, era la personificación del mal. Él fue el primer chico que me besó... y vaya que beso... Pero de eso ya hace muchísimo y des de entonces han pasado muchas cosas. A estas alturas ya tengo una buena colección de besos y amantes.

Wesley era el bajista y se hacia llamar Lestat, por el personaje del libro de Anne Rice. A decir verdad, era el miembro del grupo que menos conocía. Era un chico muy reservado y cuando deseaba pasar desapercibido lo conseguía con magníficos resultados. No sabría contaros nada que tuviera que ver con él a parte de que por la ciudad corría el rumor de que era un psicópata asesino. Ahora ya se cuanta razón tenían esos rumores.

Y yo soy Lacey la mejor guitarrista que existió, existe y existirá en el mundo. Mi segundo apellido es Drácula. Y no es broma, eh! No, no lo es. Resulta que me viene por parte de madre que es descendiente de una familia europea, y no de una cualquiera, concretamente una de Rumanía. ¿Que irónico y acertado, no creéis? Me gusta beber sangre y soy familia del Conde Drácula. Mi apodo al completo era Vampire Countess pero para acortarlo y hacerlo mas familiar  me llamaban Vamp. De eso ya hace muchísimo tiempo y ya nadie me llama así, supongo que por eso, al recordarlo, siento tanta morriña de esos viejos tiempos.


Esto quizás sea la primera página de un un extenso libro o quizás se pierda en la nada, quien sabe. Solo espero que alguien lo lea y sepa la verdad de mi historia. La historia de una vampiro que en su vida de humana ya tenia algo de ese mundo sobre natural.

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El sol ya se había escondido y la luna estaba ausente, mientras las estrellas la relevaban una noche mas, mostrando el sendero que conducía a la, ya familiar, mansión.
Nos encontrábamos en el gran salón, envueltos de viejos muebles de raída tapicería clásica y madera carcomida, echados en la vieja y polvorienta alfombra persa. Bloody tenia la cabeza apoyada en el vientre de Demon, con el rostro manchado de sangre del mismo. Ella se lamió la comisura de los labios y dijo:

- ¿Que os parece una visita al club?

- ¿Que pasa, Bloody, no soy suficiente hombre para ti?

- ¡¿Pero que dices?! Sabes que tu sabor me encanta pero no puedo tomar de ti tanto como desearía.

- Ultimamente bebes demasiado, ¿que tal si pruebas a contenerte durante un par de días? ¡En vez de solo nosotros! -dije yo a modo de protesta.

Hacía un par de semanas que la única que probaba la sangre era ella a pesar de que todos nos moríamos de ganas de tomar aunque fuese un sorbo.
Yo empezaba a sentir el mono de sangre. Cuando mi madre se había cortado haciendo la cena tres noches atrás, me tuve que obligar a salir de la habitación para no ir corriendo a lamerle el dedo. Además, empezaba a ver a mis mascotas desde otro punto de vista mas... comestible.
No probábamos la sangre pero tampoco parábamos de verla por culpa de Bloody. No era justo, o todos, o ninguno.

- ¿De que te quejas? Sois vosotros quienes decidisteis intentar aminorar la marcha, yo estoy contenta con la cantidad de sangre que tomo, no intento cambiar como soy... pero vosotros si. No tengo porque hacer lo mismo. Somos un grupo, no una sola persona.

- Nunca aprenderás. - dijo secamente Lestat.

- ¿Que quieres decir con eso, eh!? ¡Jamas dices nada excepto cuando deberías mantener esa bocaza cerrada! ¡Maldito fantasma!

Bloody se levanto de un revuelo y se echo encima de él, atacándolo con garras y dientes, como una fiera salvaje que se siente acorralada.
Ese día descubrimos que Lestat era un experto luchador, pero de ninguna modalidad determinada, atacaba y dejaba fuera de combate del modo mas ruin y sucio que jamas había visto. Esos brazos que segundos antes habían parecido flacuchos y sin musculatura suficiente para levantar siquiera el bajo que tocaban, se veían mortíferos, capaces de inmovilizar y estrangular al mas bravo de los tigres.
Ella no tenia nada que hacer contra su rival. Bloody era mas bien pequeña y, a pesar de que los músculos de todo su cuerpo destacaban bajo la paliducha piel, no ocupaba ni la midad que él.
Mientras él intentaba dejarla cao o apresarla entre sus larguiruchos dedos, ella saltaba a su espalda agarrándose del rubio pelo del chico, arañándole la cara, pataleandole los riñones y el estomago.

Tras destrozar algunos muebles y perder mechones de pelo y trozos de sus vestimentas, Lestat le asestó, a Bloody, un certero puñetazo en la caja torácica y esta se desplomo en el suelo gimiendo de dolor, con la respiración entrecortada y una mueca de agonía en su rostro.
El chico, orgulloso de si mismo, miro con total seriedad a su abatida contrincante, cogió el estuche en el que se encontraba su bajo y se fue, pero no sin antes decir:

- Que paséis una buena  noche... en el hospital.

Y solo entonces se permitió mostrar un amago de sonrisa en ese frío rostro que, durante toda la pelea, había mantenido la compostura.

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Esa mañana despertamos en una impoluta habitación de hospital. No soportaba el olor a enfermos, desinfectante, comida sana baja en sal, café malo de maquina... Tampoco el sonido de las enfermeras trasteando en sus carrítos, correteando pasillo arriba y pasillo a bajo, ni el de los enfermos quejándose de sus dolencias, sus toses, las visitas... Aaagh... En definitiva no soportaba los hospitales, aun peor, los odiaba.
Gracias a la estúpida pelea de la noche anterior, Bloody tenia dos costillas rotas, el labio inferior partido en tres y, en su cuerpo, empezaban a emerger una infinidad de moratones. Para rematarlo los médicos querían asegurarse de que no tuviera nada mas grabe, y eso solo podía significar una cosa: una noche mas en aquel asqueroso hospitalucho de un pueblo que se encontraba en el culo del mundo.
Demon se despertó mientras yo intentaba recuperar mi brazo, ya que él lo había apresado durante toda la noche para utilizarlo de almohada. Nos había tocado dormir en el incomodo "sofá-cama", pero por como me había dejado la espalda en una sola noche, estaba claro que ese mueble no valía para ninguna de las dos cosas.

- ¿Que hora es? - dijo algo desorientado.

- Hummm... - miré a mi alrededor en busca de algún reloj o algo que me pudiese indicar de un modo aproximado en que punto del día nos encontrábamos. - No tengo ni idea. ¿Que tal has dormido? ¿Te ha ido bien mi brazo? Porque yo me he despertado como si, en vez de Bloody, fuera yo la hospitalizada por culpa de una paliza...

- ¡A mi no me han dado una paliza, que quede claro! - protesto Bloody entre muecas de dolor.

- Ya... bueno, no me apetece discutir sobre esto ahora, solo quiero irme a casa y dormir cómoda aunque sean cinco minutos. Oye, Demon, ¿te molestaría mucho si no me quedase esta noche? Al fin y al cabo sois pareja, ¿no?

Reinó el silencio en la habitación, ninguno de mis compañeros de banda negó la conclusión a la que había llegado, así que cogí mis cosas y me largué. Oí sus pasos tras de mí durante todo el trayecto pero no me alcanzó hasta que estubimos en el párquin del hospital. Mientras intentaba que arrancara el viejo coche vi asomar la cabeza de Demon por la ventanilla del copiloto, la había dejado abierta para que el coche se resfrescase, ya que allí dentro hacia treinta grados como mínimo.

- ¿Puedo sentarme y hablamos? - al ver que no tenia intención de contestarle siguió diciendo - Escucha, se que entre nosotros hubo algo... pero de eso ya hace mucho tiempo. Pensaba que entenderías que no me mantuviese a distancia de las chicas eternamente porque tu siguieses formando parte de mi vida... aunque de otro modo.

- Mira, me importa una mierda con quien salgas o te líes... o lo que sea que hagas con Bloody. Se que lo que pasó entre nosotros es cosa del pasado. ¡Tranquilo, no estoy enamorada en secreto de ti! Que te den Erik. - dije con toda la rabia del mundo y entonces conseguí poner en marcha el coche, salir de allí, dejándole plantado con la palabra en la boca.

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Cuando llegué a casa me di cuenta de que no me apetecía quedarme encerrada, con mi madre y mi hermano mayor pululando a mi alrededor. Así que cogí de nuevo el coche y me dirigí a la mansión, pero no sin antes llenar mi mochila de dulces y refrescos, tantos que a cualquiera le hubiesen durado una semana.

Aparqué en la parte posterior y me adentre en ella hasta el salón principal, donde aun se podían apreciar los daños que causó la pelea. Pataleé los trozos destrozados de una silla, arrinconándolos en una esquina mugrienta. Algún día tendríamos que recoger esa basura, pero tenia claro que no sería yo sola.
Miré a mi alrededor y solo vi polvo, algunas ventanas con cristales rotos, envoltorios de golosinas, botellas de cristal, manchas de sangre en la alfombra...
Y el espejo de la pared opuesta, que en su incansable lucha por hacernos ver la realidad, reflejaba la decadencia de la humanidad, la soledad y el rechazo de un mundo corrompido por la avaricia y la frialdad de mi antigua especie.
Suspiré, dejé caer la mochila al suelo, levantando una nube de polvo, y me decidí a investigar el resto de la mansión.

Siempre había querido saber si habían mas muebles antiguos, aparte de los del salón, o que mas cosas se habían olvidado allí. Había una zona en la que me apetecía, especialmente, husmear: la buhardilla. Allí siempre habían guardados los trastos mas antiguos, los que aparentemente no son mas que un estorbo pero que, a la vez, son los mas alucinantes.

Empecé a subir por la gran escalinata de la entrada que daba a la segunda planta. Los peldaños, ya muy envejecidos, crujieron bajo mis pies quejándose del paso de los años y la falta de cariño. Hice oídos sordos y enfilé la segunda escalera, con mas cuidado y lentitud a medida que me acercaba a la siniestra puerta de la buhardilla.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero, de pies a cabeza, y el vello se me erizó al posar la mano en el gélido pomo, y entonces me di cuenta de que no estaba cubierto de esa gruesa capa de polvo que lo bañaba todo. No me había fijado en si los peldaños de las escaleras habían sido pisados con anterioridad, pero cualquiera de mis compañeros podía haber dado una vuelta como yo, acabando en ese lugar.
No tenia gracia investigar donde otros ya habían hecho de las suyas pero ya que había subido, decidí entrar igualmente, y lo que encontré allí no era lo que esperaba.

Parecía sacado de una película de miedo sangrienta.
La sala había sido despejada, acumulando todos los objetos en el fondo y posteriormente cubiertos con sabanas amarillentas. También habían cubierto el suelo con bolsas de basura, abiertas y unidas entre si con cinta adhesiva, y en el centro se encontraba una gran mesa de madera maciza, con un bulto cubierto con una raída manta de punto color granate.
No sé que se me pasó por la cabeza para acabar acercándome a ella, coger con sumo cuidado una esquina de la manta, que estaba algo húmeda, y levantarla. Solo sé que al hacerlo me encontré con la escena mas gore que jamás he visto.

Con la mente a mil revoluciones, retrocedí de espaldas, a trompicones, sin poder apartar la mirada pero deseando hacerlo, hasta chocar con la pared. Solté un grito, ahogado por mis manos, pero entonces me di cuenta de que las yemas de los dedos con los que había levantado la manta estaban manchados de sangre y grite aun mas fuerte, esta vez intentando limpiar mi mano con el pantalón.
A pesar de estar acostumbrada a ver la sangre, no lo estaba a la brutal agresividad que se había empleado al llevar a cabo ese macabro acto.

Empecé a hiperventilar, necesitaba huir de ese lugar, salir a un espacio abierto, cerrar los ojos y que el viento se llevara todos los recuerdos que había creado ese maldito día.

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Baje las escaleras corriendo como alma que lleva el diablo, resbalando y cayendo de culo repetidas veces, sin saber muy bien lo que hacia.
Lo único que ocupaba la totalidad de mi mente eran las horribles imágenes de vísceras rebosando por un inerte y maltrecho cuerpo sin cabeza, sin rostro, sin propietario. El olor a podredumbre, que era incapaz de sacarme de la nariz y la garganta, casi lo podía saborear. Y jamas podría olvidar los gusanos devorando los restos de lo que fue una persona.
El terror invadía y manipulaba todo mi cuerpo, había perdido todo atisbo de control de la mente y no era consciente de nada mas que los recuerdos.

Salí por la puerta principal, corrí con todas mis fuerzas por el bosque posterior de la mansión hasta que tropecé y caí de bruces al suelo, llenándome la boca de hojas secas y tierra. Una vez sentada, escupí lo que tenia en la boca y me restregué la manga por la lengua, enfadada le di una patada al suelo que hizo que algo de tierra entrase en mis ojos. Solo cuando al fin pude ver algo, fui consciente de que ya estaba al aire libre y que a pesar de que el viento corría y me revolvía el pelo furiosamente, las perturbadoras imagenes no desaparecían.
Maldije para mis adentros haber curioseado en esa macabra habitación, desee con todas mis fuerza no haber entrado jamas en la mansión, soñé con una vida en la que no conocía a Bloody, ni a Demon, ni a Lestat, una vida en la que no tenia conocimientos de la hematofagia. Fantasee por unos instantes con la idea de ser una chica normal, de esas que solo se preocupan por su perfecta familia, de su pelo, de sacar las mejores notas de la clase y de ese chico mayor tan guapo. Pero mi vida no se parecía en absoluto a esa, no conocía a mi padre, mi pelo siempre era un desastre, hacia tiempo que no estudiaba y mis relaciones amorosas estaban extintas desde que lo había dejado con Daemon meses atrás.

Salí de mi ensimismamiento, alcé la vista y me di cuenta que no tenia ni idea de donde estaba ni de donde venia. Fue entonces cuando el terror y las imagenes gores desaparecieron de mi mente, pero fueron reemplazadas por el terror de estar perdida en medio del bosque desconocido de una mansión abandonada.
No podía seguir el rastro de hojas revueltas que había dejado tras de mi mientras estaba cegada por el miedo, el viento soplaba cada vez mas fuerte y a esas alturas ya había hecho desaparecer cualquier indicio que me pudiera llevar de vuelta a la cibilización.
Di vueltas sin saber hacia donde ir, sin saber que hacer. No llevaba el móvil encima, me había dejado la mochila en el salón de la mansión. Si chillaba nadie me oiría ya que lo mas probable era que me encontraba a mas de un quilómetro de la carretera mas cercana, y dos de mis compañeros de banda estaban en el hospital. ¿Que probabilidades había de que Lestat volviese a la mansión el día después de pelearse? ¿Y si el asesino volvía a su sanguinario "laboratorio de autopsias"? No, chillar no era la mejor opción.

Cerré fuertemente los ojos para tranquilizarme pero una imagen pasó fugazmente por mi mente.

Manos de pianista, delgadas y delicadas, con las uñas rotas, medio arrancadas en un vano intento de huir.
La inmaculada piel de las muñecas mancillada por la brutal marca de unas ataduras.
Los turgentes pechos de una joven virgen bañados en su propia sangre.
Un corte profundo a la altura del corazón...
Desalmado y enloquecido, el asesino había intentado robar el mas puro de los corazones: el que late por primera vez a causa del amor.

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Las lágrimas corrieron por mis mejillas, sosegadas y apacibles, aligeraron la pena de mi corazón.
El amor y comprensión de una madre jamás podrían ser reemplazados, pero llorar calmaba el desazón que me recorría desde esa madrugada.

Como no tube la ocasión de conocer a mi padre, mi madre desde el principio fue el único centro de todos mis universos. Era ella la que me arropaba todas las noches, con la que pasaba las horas a la luz de las velas cuando el cielo se oscurecía y aparecían las aterradoras tormentas de otoño. Era la única persona en la que confiaba para contarle todos mis secretos mas secretos. No existía nadie que me impresionara y quisiera mas que ella.

Pero a medida que crecí el cuento de hadas se fue decolorando, perdió su brillo. La bella historia se deformó, perdiendo su aspecto original, hasta llegar a parecer una pequeña pesadilla.
Pero nada ocurre de repente, y yo tuve mucho que ver con ese deterioro.

Yo misma había sido la culpable de que mi madre se alejase de mí. Fui yo la que dejo de hablarle, de darle un abrazo de vez en cuando, de sonreirle cuando  nos cruzábamos por casa. Esas pequeñas cosas fueron el principio del fin.
Al principio, a pesar de que ya no actuaba como su hija, a pesar de que me comportaba como si no existiera, ella seguía sentándose conmigo a la hora de comer, tal vez con la esperanza de conseguir salvar nuestra relación. Aun sin oír ni una sola palabra dirigida a ella, ella había sido incapaz de echarme de casa.

Al fin su paciencia se agotó, la pequeña llama de esperanza que albergaba en el centro de su corazón se ahogó. Y ese fue el detonante, que hizo de esa madrugada, una como cualquier otra, un punto de inflexión en nuestras vidas.

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La noche fue fría y mas oscura que de costumbre. El rocío y las brumas matinales lo humedecieron todo, incluso la ropa que llevaba, provocando que temblara y me castañearan los dientes incontroladamente.
Al despertar por los espasmos musculares, sentí los labios agrietados, ansiosos por un sorbo de agua, aunque fuesen unas gotitas, y en el lugar donde debía haber el estomago sentía un gran vacío, profundo y oscuro, que ansiaba alimentarse.

Había andado durante casi toda la noche, hasta que, al tropezar y caer de bruces contra el suelo, ya no tuve fuerzas suficientes para levantarme y seguir avanzando hacia la mas absoluta oscuridad.
Estaba terriblemente angustiada por no haber encontrado ningún lugar conocido, temía haber estado dando vueltas, sin conseguir nada más que un cansancio horrible.

Cuando el sol traspasó las desnudas ramas de los árboles y llego a mí, como un dulce milagro tras una noche de ruidos extraños y aire helador, al principio no pude más que seguir abrazándome las rodillas, en un vano intento por recuperar el calor corporal. Poco a poco el calor de esas intangibles hebras doradas llego a mi centro, pero sin conseguir descongelar mi maltrecho corazón.

Cuando por fin sentí las puntas de los dedos de las manos y se hubieron desentumecido los pies lo suficiente como para andar, me levante sin desperezarme, ya que a esas alturas era completamente consciente de todas y cada una de las magulladuras que me había hecho durante la larga travesía.
Los primeros pasos fueron peligrosamente inestables, pero a medida que iba entrando en calor fui asegurando mi andar, avanzando más rápido que el día anterior.

Con un poco de suerte antes del anochecer encontraría un camino que me llevase de nuevo a la civilización, pero con lo mal que me iba todo últimamente, lo único que creia que encontraría seria un sendero tortuoso que acabara en una vieja cabaña de cazador medio desvencijada por unos críos que, como mi grupo, se habían proclamado amos y señores de aquel rincón dejado de la mano de dios.

Pero no fue eso lo que encontré, sino un riachuelo. No media más de tres metros de ancho y se veía claramente el fondo, cubierto de agujas de los pinos de alrededor. Bebí la cristalina y fría agua ansiosamente hasta que me dolió la cabeza y se me entumecieron las manos.

Sabía que por las afueras del pueblo pasaba un río, bordeándolo completamente por el lado sur, no sabía si el riachuelo que yo había encontrado se uniría a ese mas adelante o si me alejaría aun mas de casa, no tenia ni idea. Creía recordar que la mansión se encontraba remontando el río que bordeaba el pueblo, así que, al fin, decidí seguir la corriente.

Y aunque no encontrase mi destino, siempre habría alguna población o río mayor que el riachuelo que seguía. Siempre encontraría algo que ampliase mis opciones.

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Al tercer día de seguir el riachuelo, que desembocó en el río que bordeaba el pueblo, conseguí encontrar la salida de ese monstruoso bosque lleno de trampas mortales, animales salvajes y desesperación.

En cuanto vislumbre el viejo granero rojo de los Woodland eche a correr, sacando increíblemente fuerzas de donde no las había. El deseo de volver a casa me empujo escaleras arriba por el porche de la encantadora familia, quienes me dieron cobijo y un cuenco de caldo de pollo bien calentito mientras llamaban a mi madre para darle la maravillosa noticia de que ya había aparecido tras cuatro días en paradero desconocido.

Me contaron que el día anterior habían empezado a buscarme, tras el aviso de mi madre a las autoridades. En ese tiempo habían encontrado el coche aparcado en el descampado de detrás de la mansión y mis pertenencias en el salón, gracias a las indicaciones de mis compañeros de banda.
Durante las explicaciones, me di cuenta de que la familia no me lo contaban todo, había algo que intentaban ocultarme. ¿Qué era lo que no me querían contar? ¿Qué se me escapaba?

Al fin llegó mi madre y contra todo pronostico, en vez de recibir miradas asesinas, reproches, insultos y algún que otro bofetón, se puso a lloriquear al verme, sin poder articular palabra me abrazó hasta dejarme sin respiración. Parecía realmente aliviada por alguna cosa que yo no llegaba a comprender..

Me pase esa tarde y el día siguiente durmiendo, dejando que mi cuerpo se recuperase física y mentalmente. Apenas me desperté para tomar algo e ir al baño.
Cuando por fin mi cuerpo decidió que ya había descansado suficiente, me encontré echada en mi cama, pegada a la pared porqué dos de mis compañeros de banda ocupaban el resto de la cama.
Demon y Bloody estaban mirándome fijamente, con el alivio bien reconocible en sus facciones.

- Hola - carraspeé para aclarar la voz -. ¿Qué hacéis aquí? Creía que aun estarías en el hospital - dije refiriéndome a Bloody.

- Ya me dieron el alta, antes de ayer para ser exactos, solo tenia un par de grietas aquí y allá, nada demasiado serio - dijo bromeando -. ¡Que alegría, estás viva! ¡Al final no eras tú ese cadav …! - se calló antes de acabar la ultima palabra.

- Haber … - aun estaba un poco adormilada y mi cerebro iba mas lento que de costumbre -. ¿Que es eso de que no era yo ...?

- ¿No te lo han contado? Encontraron el cadáver de una chica en la buhardilla de la mansión mientras te buscaban - dijo Demon muy serio.

- Creían que eras tú - aclaró Bloody.

Y de repente lo entendí todo: mi madre enmudecida de alivio, la gente que se santiguaba al cruzarse con migo en el hospital y que reconfortaba a mi madre brevemente antes de seguir su camino, las miradas de reojo de los menos cercanos a la familia, la alegría en el rostro del Doctor Wilson ...

No era tan solo que se alegraran de que hubiera aparecido sana y salva, sino de que no fuera yo el cadáver sin cabeza, desmembrado y torturado que habían encontrado. El mismo que me había hecho huir de la mansión y perderme en el bosque.

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Los días siguientes fueron una sucesión de sueños rotos por pesadillas y recuerdos, interrogatorios por parte de la policía preguntando por el cadáver encontrado, y visitas de todo el mundo para ver con sus propios ojos la chica que creían muerta. Por suerte, mi madre me protegía echando a estos últimos en cuanto los veía acercarse a casa. 

Mi madre... No había sido capaz de hablar con ella sobre el asunto, a pesar de que ella era la única que no me había avasallado a preguntas y la única que se merecía mis explicaciones. Solo quería que me cuidara, como cuando era una niña. 

En cierto modo la mala experiencia que había pasado esos últimos días, incluso después de encontrar el granero de los Woodland, me había cambiado. Y, para ser sincera, había contribuido a mejorar la maltrecha y escasa relación que tenia con mi madre. Aunque las palabras no fluían entre nosotras no estábamos incomodas con la situación, por que habíamos vuelto a la profunda complicidad de madre e hija que habíamos tenido durante mi infancia.


Los días siguieron sucediéndose, concluyó la semana y todo pareció normalizarse. Las bandejas, ya vacías de galletas y dulces, fueron devueltas a sus propietarios, la calma y el reposo volvieron a instalarse en casa... Los policías seguían investigando el asesinato de la chica desconocida y rastreaban la mansión en busca de más restos humanos. A pesar de todo, por muy horripilante que fuera la situación, parecía que el pueblo volvía a la normalidad. Pero no por mucho tiempo.


El día en que todo se volvería a sumir en la oscuridad, me tocaba hacer la compra, así que no me quedó otra que levantarme temprano, desayunar fuerte y salir a que me diera el aire. El sol brillaba profusamente, en un vano intento de contrarrestar el frío helador del viento proveniente de las escarpadas montañas. Los pájaros se bañaban en los charcos que la lluvia de la noche anterior había dejado. Todo parecía alegre y jovial, como si nada malo pudiera ocurrir.

Me dirigí al mercado de pintorescas paradas rebosantes de pescado fresco en hielo y verduras recogidas esa misma mañana. A pesar de estar acostumbrados al progreso, o decadencia según lo mirases, de las grandes cadenas de supermercados del siglo XXI, la gente del pueblo siempre había preferido el mercado tradicional. La fruta recién recogida, sin ceras para abrillantar la piel y que parezca más apetitosa pero artificial... Los huevos frescos, incluso algunos de dos yemas que te sorprendían y te sacaban una sonrisa en un día malo... En fin, las maravillas que siempre proporciona lo tradicional.

El maravilloso mercado del pueblo, de macizos arcos y vigas de madera y brillantes tejas de cerámica verde musgo, ese día estaba tan rebosante de vida y felicidad como siempre. Las mujeres se concentraban en la carnicería y algún que otro niño tiraba de los pantalones de su madre con la esperanza de que le comprase alguna gominola en la parada de dulces. Un gato comía en un rincón apartado algunos desechos de la pescadería, que debía haber robado cuando nadie miraba.
Pero lo mejor de todo era que por encima de los demás olores, el dulce aroma de la especialidad de la panadería del pueblo llegaba a todas partes. Recién horneados, los pastelillos de manzana, esperaban orgullosos ser disfrutados por todos y cada uno de los habitantes de ese gran pueblo.

La mañana transcurrió sin altercados, pero el radiante día se vio rápidamente desmejorado. Las espesas nubes cubrieron el sol por completo en cuestión de minutos y acto seguido se desató la tormenta.

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Cuando se desató la tormenta me encontraba andando hacia la casa de Bloody. Hacía días que no sabía nada de ella. La última vez que habíamos hablado fue en la comisaría, mientras esperábamos ser interrogadas por milésima vez en una semana.
Cogí un atajo que casi había olvidado, era un callejón oscuro y enmohecido que olía a orina y a basura. Entre las abandonadas bolsas de desechos corrían peludas y sucias ratas, soltando chillidos de irritación por mi disturbio. Apenas veía por donde andaba, la luz se había extinguido y la lluvia me impedía ver nada más allá de mis pies. Como era de esperar, al fin tropecé sin querer con un botellín de cerveza, que se estrelló contra una piedra rompiéndose en mil pedazos, y un gato medio calvo salió corriendo tras pegar un maullido diabólico.
Me dio un vuelco el corazón y mi respiración se acelero. Podía saborear el asqueroso olor a podredumbre incluso através del pañuelo que me cubría la boca y la nariz. Abracé con fuerza las bolsas de la compra contra mi pecho, en un intento por tranquilizarme y eché a correr hacia la salida de ese infierno mundano, maldiciendo en mi fuero interno la horrorosa idea que había tenido.

No paré hasta llegar a la portería de Bloody, empapada y tiritando llame al timbre. Una, dos, tres veces... Pero nadie contestó. Esperé pacientemente y lo volví a intentar. No despegué el dedo del timbre hasta que salió un vecino del edificio y me informó de que, la familia que vivía en ese piso, se había ido temprano esa mañana en un coche lleno de maletas.
Resignada y algo preocupada me fui. Era hora de volver a casa, empezaba a no sentirme las piernas ni las manos y tenia que llegar a tiempo para la comida, ya que yo llevaba la mitad de los ingredientes. Esta vez solo tomé las calles mas transitadas.

Estaba bien vivir en una casita con jardín a las afueras, especialmente en verano, pero los días que hacía mal tiempo era horroroso. La casa se mecía con las fuertes rachas de viento, se oían ruidos espeluznantes por todas partes... y si querías ir al centro del pueblo, sin coche, tenías algo más de media hora de paseo.

Maldiciendo todos los contras de vivir en un lugar apartado fui pasando el tiempo hasta llegar, por fin, al deseado hogar. Las luces del porche y de la segunda planta estaban encendidas. Abrí la puerta y el calor me recibió con los brazos abiertos, como dos amantes que se reencuentran, disfruté de la agradable sensación, dejé que fuera calando en mí, secándome el pelo mechón a mechón. Subí directamente a la segunda planta, deteniéndome solo para dejar las bolsas de la compra al lado de la escalera, y entré en el baño. Me desnudé trabajosamente, la ropa se me pegaba a la piel, resistiéndose a ser abandonada en un rincón del suelo del baño. Entré en la ducha, abrí el agua al máximo y dejé que se llevara el poco helor que me quedaba. Poco a poco el cuerpo torno a su color rosado natural.

Cuando por fin estuve seca y arrebujada en mi calentita bata, me decidí a buscar a mi madre, que aun no había dado señales de estar por casa. La llamé por su nombre pero no contestó, fui a su habitación donde solo encontré la cesta de la ropa sucia tirada en el suelo con todo su contenido desperdigado por el suelo. Eso me pareció extraño, ya que ella solía ser muy ordenada y meticulosa. Seguí mi búsqueda por el resto del piso pero no me pareció ver nada más fuera de lugar. Bajé por las escaleras, las bolsas seguían donde las había dejado, las cogí y me dirigí a la cocina.

Preparé una lasaña de carne con bechamel y queso. Me tomé la mitad y guardé el resto en el horno aun caliente, para que se mantuviera a buena temperatura por si aparecía mi madre. Me adentré en el salón-comedor dispuesta a echarme la siesta en el sofá y entonces vi el destrozo. Había una silla tirada en el suelo con algunas patas rotas, la librería tenía un par de estantes partidos y los libros estaban esparcidos por el suelo. Horrorizada anduve por el pasillo en dirección al jardín trasero ya que era la única zona de casa que aun no había oteado. La puerta estaba abierta y yo no llegaba a comprender como se me había pasado por alto todo aquello al llegar a casa.
A esas alturas solo deseaba con todas mis fuerzas que no hubiera pasado lo que mas me temía. Mi madre tenía que estar bien, era mí pilar de apoyo, una de las pocas personas de la familia que me quedaban, el único progenitor que conocía.

Fui aflojando el paso a medida que me acercaba al temido final. Me asomé al jardín con el corazón en un puño y sentí que caía en una espiral de desesperación y dolor.

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De nuevo mi vida parecía desmoronarse, ¿porque me pasaba aquello a mí?
¿Aquellos asesinatos tenían un propósito? ¿Querían destruir todo lo que tenia relación conmigo?

Primero el asesinato en la mansión donde me reunía con el grupo para tocar, y ahora eso.
Mi madre brutalmente asesinada en el jardín de nuestra casa. Nuestro refugio destrozado por la furia y el horror. Esta vez no saldría corriendo, no huiría, me mantendría firme, por mi madre. Pero no podía impedir que las lágrimas corrieran por mis mejillas.

(Espero que me entendáis si decido que, por respeto a la memoria de mi madre, no os relataré los detalles del estado de su pobre cuerpo echado en la hierba.
Y volviendo a la historia que iba contando...)

A los veinte minutos de llamar a la policía, ya estaban en casa tomando fotos de los escenarios en  los que había ocurrido la acción y cogiendo muestras que pudieran delatar al asesino. Una vez finalizado ese trabajo, recogieron el maltrecho y desfigurado cuerpo del suelo y se lo llevaron para hacerle la autopsia. Me tomaron declaración, me dieron el pésame y se fueron.

Entonces fui plenamente consciente de todo lo que acababa de pasar y un profundo sentimiento de soledad me invadió. Entre sollozos, saqué el móvil del bolsillo trasero del pantalón y teclee de memoria el número de teléfono. A los cuatro toques un hombre contestó, en su voz se percibía la preocupación ya que yo jamás le llamaba a menos que fuera muy importante e imprescindible. De fondo se oían las voces amortiguadas de su mujer e hijos. Alegres. Ignorantes. Le conté lo ocurrido, sin mucho detalle y el silencio se hizo al otro lado de la línea. Cuando se sobrepuso a la noticia prometió que vendría a recogerme y que me acogería en su casa tanto tiempo como hiciera falta.
No nos dijimos mas, tampoco hizo falta, éramos hermanos y sabíamos que nos queríamos, que siempre estaríamos el uno para el otro.


Los siguientes días los pasé en la habitación de invitados de la casa de mi hermano, bajo la preocupada mirada de él y su mujer. Según ellos yo era una niña, que no debería haber vivido semejante aberración. Y no se equivocaban del todo... Pero mi hermano y yo solo nos llevábamos seis años, aunque era verdad que en nuestras vidas y maneras de ser había una gran diferencia. El había asentado la cabeza pronto, por eso con 25 años tenia un trabajo fijo, una mujer maravillosa, un hijo y una hija, mellizos. En cambio yo me peleaba con los estudios, no hacia nada bien y ni de coña tenia una pareja estable.

Pero no le envidiaba, sin la mitad de su responsabilidad yo ya me las apañaba de maravilla para meterme en problemas.

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Con el paso de los días fui saliendo de mi caparazón, empecé a dejarme ver por la casa, nos juntábamos todos a la hora de la comida y la cena... Pero a pesar de mis avances seguía habiendo una atmósfera extraña en la casa.
Notaba las miradas de mi hermano y su esposa quemandome en la nuca a cada instante y se notaba que pensaban profundamente en lo que iban a decir antes de pronunciar una sola palabra. Su calma y normalidad era exagerada, una malísima actuación que parecía exagerarse con cada día que pasaba.

Antes de que pasara un mes desde que me mudé a vivir con ellos, volví a casa. Ya no podía soportar más esas rarezas sin sentido, así que recogí mis cosas sin dar explicaciones y, con una despedida cargada de emociones contradictorias, me fui.

(Tal vez os preguntéis como iba a cuidar de mi misma sin trabajo ni demasiadas esperanzas de encontrar uno... pero ahí entra el factor "sorpresa" o más bien hiper-mega-deducible. Pistas: una madre viuda asesinada, una hija sin recursos.... ¿conclusion? una herencia sustanciosa.)

Mientras, a pesar de la cantidad de pruebas y fotos que tomaron de los escenarios de los crímenes acontecidos el mes pasado, la policía seguía sin encontrar el asesino. Al menos habían llegado a la conclusión de que: 1. los dos asesinatos habían sido cometidos por la misma persona y 2. yo no era ESA persona. Aunque les tomó su tiempo y muchos interrogatorios dejar de echarme la culpa, ya sabéis, cuando la policía se desespera incrimina a quien tenga más cerca, sea quien sea.

Básicamente el problema apareció cuando no encontraron ninguna pista, ni una huella parcial, ni una muestra de ADN, ni... nada que ayudara a reconocer al asesino. Era como si NADA hubiera matado a la chica y a mi madre.

En las series que veía en la televisión siempre salían super detectives que resolvian todos los casos en cuestión de días o incluso en horas, pero nada más lejos de la realidad.

La verdad es que me siento constantemente decepcionada por la realidad, desde entonces hasta ahora. Desde pequeño te llenan la cabeza de estúpidas mentiras, te dicen que el mundo es maravilloso, que mientras tengas a tu familia no te pasara nada... Y de la noche a la mañana todo se derrumba, la familia desaparece, todos los males te acechan, el mundo se te viene encima por momentos...

No entiendo la necesidad de mentir a los niños, no es que sea partidaria de decirles que todos vamos a morir tarde o temprano, incluso algunos en circunstancias perturbadoras y nauseabundas, pero tampoco hay que hacerles creer en un mundo que no existe y que jamas existirá. No hay que mentir diciendo que la familia siempre estará allí, preparada para salvarles y protegerles de cualquier mal.
Se que es algo muy delicado con una fina linea, casi invisible, que separa la infancia inmaculada de la infancia perturbada, pero hay que esforzarse.

Mi infancia no fue idílica ni mucho menos, desde pequeña vi a mi madre llorar todas las noche pensando que podría haber hecho algo más por mi padre. Hay que decir que mi padre siempre a sido un tema delicado del que hablar en casa, aun me cuesta hablar sobre ello, pero supongo que para que entendáis mejor esta historia es algo necesario.
Al poco tiempo de saber mi madre que se había quedado embarazada, mi padre desapareció sin dejar rastro, lo buscaron por todas partes pero no lo encontraron. Pasaron los meses y nací yo, en la habitación principal de la casa familiar. Al día siguiente de nacer, en el árbol más alto del patio trasero apareció mi padre ahorcado. Según la policía fue un suicidio.
Mi padre había estado escondido quien sabe donde a la espera de mi nacimiento para suicidarse.
Deprimente.

Mi vida ha estado marcada por la muerte desde el principio, era cuestión de tiempo que se repitiera.

Pero ¿porque?

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Esa noche era sosegada y silenciosa. A pesar de que estábamos en plena explosión de la primavera, al caer la noche todo ser vivo había enmudecido, incluso el viento se había detenido, dejando de ulular al colarse por las grietas de las ventanas la vieja casa familiar. Estaba sola, esa noche Bloody no había podido venir a hacerme compañía, y empezaba a estar realmente asustada.
Hacia dos meses que me había mudado de casa de mi hermano. Dos meses de terror y pesadillas continuas. Cualquier ruido, por leve que fuera, me hacia saltar como un resorte y las imágenes de lo que sucedió me perseguían día y noche. No me sentía a salvo en casa.

Por suerte tenia las mañanas ocupadas por mi nuevo trabajo a tiempo parcial, pero eso solo llenaba un tercio de mi día y dejaba los otros dos, que eran los que peor llevaba, libres y solitarios. Desde que había vuelto a casa pasaba las tardes y, si era posible, las noches con Bloody y Demon, ya que ahora eran oficialmente una pareja feliz. Practicamente vivían conmigo.
A ellos les iba genial, tenían un lugar donde estar solos sin peligro de que aparecieran por sorpresa unos padres cabreados. Y a mi... bueno, a pesar de que había tenido algo con Demon no me importaba verlo por casa achuchando y besuqueando a otra, incluso si la otra era mi mejor amiga.
De hecho les había propuesto que vivieran aquí de manera permanente y rechazaron mi propuesta de un modo muy... conciso.

- ¿¡Estas de coña!? No puedo creer que nos estés pidiendo venir al culo del mundo... En verano tal vez... pero solo por el jardín y esa piscina que montas todos los años. - dijo Bloody.
- ¿Te crees que me dejarían irme así sin mas y encima pidiéndoles que pagaran mis caprichos? - aclaró Demon.

Viendo esas reacciones no me extrañaba que se hubiera dividido el grupo. Lestat había sido el primero en dejarnos, ni siquiera me saludaba cuando lo veía por el pueblo. Y como los otros dos componentes del grupo estaban hechos unos tortolitos... estaban tan unidos que incluso habían dejado de ir al club hematofágico y ahora solo tomaban sangre el uno del otro.
Yo también había dejado el club, aunque por razones bien distintas. Desde el asesinato de mi madre no soportaba ver sangre, incluso olerla me ponía enferma, me entraban unos sudores fríos, la garganta se me cerraba y me quedaba paralizada en el sitio. Cuando iba al mercado evitaba pasar por la carnicería y no comía carne a menos que los chicos me trajeran carne ya cocinada de sus casas.
Se podría decir que estaba un poco traumatizada.

Sentada en la mesa de la cocina le daba vueltas a que podía hacer para cenar, cuando oí un ruido en el jardín. Me eché al suelo, aguantando la respiración para evitar hacer cualquier ruido hasta que volví a oír otro ruido más fuerte y más cerca de la puerta trasera. Me quedé paralizada, temiendo que alguien entrara a pesar de estar segura de que todos los pestillos de la puerta, incluso los que había añadido recientemente, estaban echados. Y mientras intentaba calmarme alguien empezó a forzar la entrada, se oían golpes y gruñidos, el pomo de la puerta se sacudía violentamente. No podía ser la pareja de enamorados, pues sabían que lo cerraba todo a cal y canto, y siempre me llamaban al móvil para que les abriera.
¡El móvil! Con manos temblorosas lo cogí, teclee el numero de Bloody, deje que sonara hasta que saltó el buzón. Llamé a Demon pero tenia el móvil apagado. ¿Que podía hacer? ¿A quien podía acudir?
De repente el forcejeo paró y el silencio volvió a reinar. Por más que intentaba afinar el oído no distinguía ningún ruido que delatara la posición del asaltante, hasta que estalló una ventana del salón. Aunque intenté retenerlo un grito escapó entre mis apretados dedos y quien fuese que quería entrar obtuvo mi ubicación rápidamente. Oí los pasos acercándose cada vez más a pesar de que yo avanzaba a gatas hacia la dirección opuesta. El ritmo de lo pesados pasos, me marcaba el tempo a seguir. Cada vez más apresurado. Giré una esquina, me levante y eché a correr hacia la puerta de la entrada principal. Con los nervios atacados busqué las llaves en todos y cada uno de los bolsillos, pero no estaban. No las localicé hasta que el atacante les dio una patada sin querer, el tintineo de las llaves hizo que me girara abruptamente y vi en el suelo la luz parpadeante de mi llavero favorito.
No podía distinguir el asaltador de las sombras. Mis ojos se movían frenéticamente en busca de un movimiento, un rasgo característico, una pista de hacia donde tenia que ir para tener una remota oportunidad de escapar.

Pero solo fueron capaces de ver una sobra abalanzarse sobre mí.

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Desperté desorientada, no había sido un sueño placentero sino más bien como si hubiera cerrado los ojos un segundo y al siguiente los hubiera abierto. A mi alrededor todo estaba en penumbra y olía a cerrado. Tardé un rato en darme cuenta de que estaba tumbada sobre algo mullido y suave. Me incorporé apresuradamente y descubrí por las malas lo mucho que me dolía la cabeza. Volví a caer encima de la mullida superficie que parecía ser una cama.

No tenia nada claro lo que había pasado ni donde podía estar, solo recordaba el miedo que pase en casa, siendo perseguida por... ¿una sombra? Estaba claro que había recibido un fuerte golpe en la cabeza, todo me daba vueltas, impidiéndome pensar con claridad.
En un intento por avanzar entre la espesa niebla que turbaba mis pensamientos, hice una lista de prioridades. Antes de nada tenia que hacer un reconocimiento de mis posibles heridas, después debía investigar donde estaba para, finalmente, organizar una fuga o lo que fuese necesario.

De heridas andaba bien, el golpe solo había provocado un chichón en la sien izquierda y a parte de algún rasguño en las manos, estaba bien. Así que pasé a la fase dos: reconocimiento del lugar.
Tras dar un par de vueltas, medio a tientas, encontré una ventana tapada por espesas cortinas. La débil luz de un día nublado me mostró una habitación lujosa, decorada con muebles antiguos y paredes pintadas simulando plantas selváticas. Todo se veía muy bien conservado, no como la mansión donde tocaba el grupo.
Las grandes puertas del dormitorio, que prometían una vía de escape hacia el pasillo, estaban cerradas desde fuera, la otra puerta daba a un baño sin ventanas y la única otra opción era la ventana de cristales semitransparentes que me impedía ver lo que había al otro lado. Esta no tenia ningún sistema de apertura y eso reducía mis opciones a una: romper el cristal. Justo cuando me decidía a coger una silla para reventar la ventana, oí que giraban una llave el la puerta, así que me armé con la silla pegando mi espalda contra la pared y esperé. La sorpresa que me llevé no fue pequeña.

Lestat entró con una bandeja llena de comida y la dejo encima de la mesa de comedor que se encontraba en medio de la habitación. Tan solo posó su mirada en mi un segundo y después se fue por donde había venido. Estaba tan perpleja que ni siquiera se me ocurrió preguntarle donde estaba o porque me había secuestrado. Tan solo me quedé allí con la silla en alto, amenazando con pinchar con las patas a quien fuese que entrara.
"Fantástico Lacey... seguro que lo tienes aterrado" pensé.

Me acerqué con precaución a la mesa donde había dejado la bandeja. Esta estaba llena de manjares cuidadosamente colocados en platos refinados. Me llamó la atención un brillo dorado, unos cubiertos asomaban por debajo de la servilleta más sofisticada que había visto en mi vida. Me habían dado un cuchillo bien afilado sin siquiera dudarlo. Quedaba claro que a su entender no era ninguna amenaza ya que ponían a mi alcance y sin vigilancia un arma en potencia. No sabía si ofenderme o alegrarme por su descuido.
Comí algunos pastelillos de frutos rojos, bebí agua y esperé detrás de la puerta, cuchillo en mano, a que Lestat volviera para recoger la bandeja.

Pasaron un par de horas y nadie llegaba, cansada de estar de pie me senté en el suelo, siempre preparada para atacar en cualquier momento. En ese momento la puerta se abrió y, sin darle tiempo de reacción, salté sobre Lestat lista para clavarle el cuchillo en la yugular. Él, sin esfuerzo alguno, se zafó de mi ataque y de un solo golpe en el mismo sitio que la vez anterior, me dejo inconsciente.

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Una vez más, me despertaba con un golpe en la sien izquierda. Empezaba a estar harta de Lestat, nunca sabia interpretar su rostro o sus movimientos, siempre con su fría mascara y su imperturbable manera de actuar. Nunca me había fiado pero tampoco había tenido cuidado con él.

Ya había anochecido, al parecer había estado inconsciente unas cuantas horas. Como las luces del dormitorio estaban encendidas todo estaba iluminado con una luz dorada parecida a la de las velas.
Tumbada boca arriba en la gigantesca cama, vi algo negro en el techo, justo encima de mi cabeza. Mirándome fijamente, capturando cada uno de mis movimientos. Una cámara. Seguro que habían varias por toda la habitación, incluso en el baño. Por eso no había conseguido sorprender a Lestat, estaba esperando mi ataque porque había visto con todo lujo de detalles como me preparaba.

Lo que seguía sin entender era, como un chico de familia modesta, tenia un... ¿palacio? ¿mansión?... un lugar tan lujoso en el que encerrarme. Otra cosa que me daba vueltas en la cabeza era: cual era la razón de todo aquello. No tenia ni idea, no se me ocurría ningún motivo. Nunca había tenido problemas con él, ni siquiera nos decíamos más de tres palabras seguidas excepto cuando componíamos para el grupo y no contaba como conversación. No tenia motivos para secuestrarme y aun menos dejarme inconsciente a base de porrazos.

Hasta que repasé todo lo que había sucedido desde la noche de mi secuestro, no me acordé de mi móvil. A la desesperada busque en los bolsillos de los pantalones y en los de la sudadera pero no encontré nada. Seguramente estaría tirado en el suelo del recibidor o de la cocina, sonando por las llamadas de mis amigos. Ellos se darían cuenta de que había desaparecido, solo podían darse cuenta ellos porque la única otra persona que se preocupaba por mí era mi hermano y con el apenas hablaba una vez al mes.

Como no creía que viniera nadie a hacerme una visita en plena noche, decidí que seria mejor descansar e intentar escapar al día siguiente. Pero me equivocaba, antes de que consiguiera dormirme del todo Lestat vino a por mí.
Me cogió por las muñecas, retorciéndolas a mi espalda, y me hizo avanzar por el pasillo. Intente memorizar todo lo que hubiera más allá de las puertas del dormitorio en el que me retenían, con la esperanza de poder usarlo cuando intentara escapar. Al cabo de un rato desistí. El ancho pasillo no hacia más que dividirse en otros tantos pasillos que se retorcían creando un sin fin de esquinas y recovecos, formando una complejo laberinto del que nunca sería capaz de escapar.

Tras lo que me pareció una eternidad, llegamos a nuestro destino. Lestat, que había permanecido en completo silencio durante todo el trayecto, llamó a las grandes puestas de madera maciza, una voz de hombre nos invitó a pasar desde el otro lado y Lestat me empujo dentro de la biblioteca con más libros de los que jamás sería capaz de leer, ni aunque viviera mil años. En el centro de la estancia había un gran escritorio, tras él se encontraba un hombre que imponía con su mera presencia.

- Señorita Lacey, por fin nos conocemos. Han sido muchos años de espera... Demasiados. Pero creo que merecerán la pena.

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Su voz, un ronroneo suave y grabe, era inquietante, conseguía seducir y repugnar a un mismo tiempo. Sus ojos horadaban mi alma y su sonrisa trastornaba mi mente. Mis pensamientos eran un conjunto de contradicciones: una parte me gritaba que saliera corriendo y otra era atraída por ese extraño hombre.
Sin comprender de donde salia la fuerza y convicción, le pregunte con voz clara y fuerte:

- ¿De que me conoce? ¿Muchos años de espera? ¿Espera para que?

- Por desgracia a usted no la conocía aún, pero si a su madre y, sobretodo, a su padre. Y...

- ¿De que conocía a mis padres?- dije interrumpiéndolo.

- Su madre era familia de alguien muy cercano a mi. Y su padre estuvo viviendo aquí, conmigo, justo en la habitación contigua a la suya, señorita Lacey. Me pareció apropiado que estuvieran el uno al ladado del otro, padre e hija unidos más allá del tiempo y de la barrera infranqueable de la muerte. Enternecedor, ¿no es cierto? - dijo él, soltando finalmente una risotada.

Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies. Esa parte de mi mente que se sentía atraída por el extraño hombre entró en razón y se escondió en lo más profundo de mi cerebro. Mi aversión hacia ese hombre no hacia más que aumentar y, cada vez más, añoraba estar encerrada en el lujosos dormitorio.

-Y, sobre el tema de esperar, la verdad es que siendo una niña no me servía de nada, así que tuve que aguardar desde que supe que su madre estaba embarazada de una niña hasta que ese bebe cumplió la mayoría de edad. Aunque llegado ese momento, fue complicado dar con usted a pesar de la vigilancia de Wesley o como tu lo llamas Lestat. - dijo él y resopló a modo de burla, dejando claro que le parecía ese apodo.

Lestat, Wesley o como cojones le pareciera mejor llamarlo, había participado en mi búsqueda, ¿habia tenido algo que ver con los asesinatos que sucedieron a mi alrededor? ¿O era una idea descabellada? Decidí aparcar temporalmente aquellos pensamientos, pues eran demasiado recientes y dolorosos para mí, y enfoqué mis preguntas en otra dirección.

- ¿Que quiere de mi?

- Tranquila, querida, no la mataré ni ahora ni en el futuro, a menos que me de más problemas que beneficios.

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Sin más que una sencilla despedida por parte de mi captor, salí de la biblioteca escoltada por Wesley.
Si, Wesley, no Lestat porque me negaba a pensar en él como mi antiguo compañero de grupo. Lestat ya no existía para mí, solo quedaba la malvada persona que había confabulado en mi contra y ese era Wesley.
Andamos por los pasillos de vuelta a mi habitación, cruzando por delante de la puerta que daba al dormitorio en el que supuestamente había vivido durante una temporada mi padre. Me pregunte, en el caso de que eso fuera cierto, en que condiciones se encontraba mi padre: en condición de invitado o de preso. ¿Cuando fue eso? Tal vez fue por eso que desapareció durante el embarazo de mi madre... Pero eso seguiría sin explicar porque se suicido.
La conversación con el espeluznante hombre no había resuelto mis dudas sino que había creado otras más difíciles de responder y eso me cabreaba sobremanera.

Una vez de vuelta a mi preciosa celda, le di vueltas y más vueltas a todo lo que se había dicho en esa grandiosa biblioteca. Y, al cabo de un rato, sin querer me encontré estudiando con esmero el aspecto del hombre que me tenia presa.
Recordaba perféctamente todos los detalles de su rostro, desde esos ojos de color ambarino, hasta la perfecta proporción de los ángulos de su semblante. Sus labios, algo carnosos y de un rosa pálido, curvados en una atrayente media sonrisa. Los brillos de su pelo castaño tirando a cobrizo bajo la luz dorada que desprendía la lampara de araña. Sus elegantes pero visíblemente fuertes manos cruzadas frente a él encima del escritorio. Los trabajados músculos marcados bajo un traje confeccionado a medida. Su piel pálida ligeramente dorada por los primeros rayos de sol de la primavera.
No se podía negar que era un hombre condenádamente atractivo, además parecía joven, no debía llegar a los treinta. 

¿Quien era ese extraño y seductor hombre del que ni siquiera sabía su nombre? ¿Por que me atraía tanto? Daba igual lo arrebatadoramente sexy que fuera y ese aura de misterio... ¡¿Esque estaba tonta o que?! ¡Era él, el que me había secuestrado! ¡¿Y yo estaba babeando por ese hombre?! Me repugnaba a mi misma. No tenia escusa, ni la adolescencia ni las hormonas, nada justificaba semejante delirio. Tal vez estaba enloqueciendo, ser secuestrada tenia que haber trastocado algo en mi mente, o tal vez tantos golpes en la cabeza me habían causado una conmoción cerebral...

Algo extraordinario tenia que haber pasado para que ese hombre se colara tan hondo en mi cabeza.

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Los siguientes tres días se me hicieron eternos, no volví a ser arrastrada por los pasillos para charlar con mi captor, ni siquiera Wesley el traidor se dejaba ver. La comida ahora aparecía en la mesa del centro de mi dormitorio por arte de magia mientras dormía o iba al baño, fuera cuando fuese eso.

Al principio pasaba las horas dando vueltas por la habitación, como una fiera enjaulada, pero a medida que pasaron las horas fui hartandome y pase a buscar puntos débiles por los que, con un poco de empeño, sería capaz de escapar. Tarde más en hartarme de esa tarea que de la anterior, pero el temido momento llego y tuve que ocupar mi mente en buscar un modo de conseguir que alguien se pasara por la habitación cuando yo estuviera al acecho.
Y mientras esperaba agazapada donde creía que había un punto ciego de las cámaras que me vigilaban día y noche, me planteé la posibilidad de que tal vez jamás conseguiría escapar de aquí e hice una decepcionante lista de quien podría llegar a echarme de menos.

La verdad es que no era una chica digna de recordar, ni mucho menos de echar en falta... incluso mi hermano tardaría en darse cuenta de que había desaparecido. Mis amigos pensarían que me había ido de ese pueblo con lo puesto y el dinero de la herencia que me había dejado mi madre para vivir aventuras... las aventuras que siempre soñaba despierta y relataba a mis pacientes amigos.
No tenia padres, ni novio, ni siquiera una mascota a la que alimentar. Así de triste y escasa era mi vida social.

Tampoco podía consolarme pensando en lo mucho que había vivido en ese corto plazo de vida... Nunca me había alejado del pueblo más de 50 kilómetros a la redonda, tampoco había pasado nada espectacular en este hasta que encontré el primer cadáver. No había hecho nada de lo que estar orgullosa porque, siendo realistas, formar parte de un club hematofágico no es más que formar parte de un grupito de frikis mentalmente desequilibrados que no tienen nada mejor que hacer.

En definitiva, más valía morir ahora que seguir con esa vida.

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El tiempo seguía su curso natural a pesar de las extrañas mutaciones que sufría dentro de aquella habitación. En ocasiones las horas se hacían eternas y en otras los días volaban.
A menudo presenciaba el alba y el atardecer echada en la cama, con la mente en blanco, sin ser consciente de la situación en la que me encontraba. Otras veces me sumergía en el caótico mundo que conformaban mis pensamientos, sin llegar a comprender realmente ninguno de ellos pero sin ser capaz de dejarlos en paz.

Pero llegó un día en el que me planté, decidí que aunque me tuvieran cautiva, el tiempo, mi cuerpo y mi mente eran solo mios, nadie me podía quitar lo que yo hacía con ellos.

Empecé a entrenarme, todas las mañanas al despertar me tomaba el desayuno que me habían dejado durante mis horas de sueño y después realizaba una estricta rutina de ejercicios que había confeccionado mezclando un poco de todo lo que había hecho durante los años que pasé inscrita en el gimnasio del pueblo. El repertorio iba desde aerobic hasta varias artes marciales, no importaba la disciplina que siguiera mientras esta me ayudara a estar en forma.

A de más, con el paso del tiempo empecé a disfrutar de las exótica y lujosas comidas que me servían. En pocos días descubrí más sabores que en toda mi vida y aprendí a distinguir hasta los más leves matices de las más refinadas elaboraciones.

También comencé a cuidar mi cuerpo. Me daba largos y purificantes baños con aceites esenciales de flores hasta entonces desconocidas, me untaba y masajeaba cada centímetro de piel con cremas de texturas cremosas y perfumes delicados, y depilaba ociosamente mis piernas y axilas.
Todo eso lo hacía por amor propio, por el bienestar de mi autoestima, no por y para mi captor, eso era algo que había tenido claro desde que empecé a seguir esas rutinas.

Pero, a pesar de esa clara y férrea convicción, todos esos esmerados cuidados y mimos que jamás había gozado, hicieron que empezara a acomodarme a esa extraña situación. Me gustaba la inexistencia de preocupaciones, olvidarme de las muertes que había presenciado, centrarme en mi misma y dejar a un lado todo lo demás.

Cuando por fin encontré el equilibrio dentro de esa realidad desquiciante, fui llamada por el extraño hombre que me mantenía presa.

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Esta vez, él, me citó en los jardines.
A pesar de que no los podía admirar desde la turbia ventana de mi habitación, los colores que este reflejaba en los cristales y los aromas que se colaban entre las grietas de los marcos me habían cuativado profundamente. Pero, desde luego, pasear entre los magestuosos arboles, bañada por los rayos de sol de un día especialmente despejado, refrescada por las esquisitas fuentes de mármol que estaban diseminadas por el jardín, rodeadas por setos cuidadosamente recortados, cambiaba completamete el gozo de su belleza. Cada detalle estaba planeado para dejar sin aliento al espectador.

Mientras disfrutaba de las vistas de un laberinto de espesos setos desde un balconcito con barandilla de hierro forjado, vi por el rabillo del ojo que, a la sombra de un magnifico castaño, me esperaba mi captor.
Había algo desconocido para mí en su expresión... Concretamente en su mirada. Una extraña quietud, imperturbabilidad, como un gran lago que aparentemente está en completa calma pero que en el fondo tiene una fuerte corriente.

Dirigí de nuevo la mirada hacia el laberinto y permanecí en ese privilegiado emplazamiento, sintiéndome reina de aquel lugar por unos instantes más, antes de recordar que hacía yo en este sitio tan ajeno al mundo real.

No se cuanto tiempo estuve inmersa en ese agradable sentimiento de libertad, pero nadie lo interrumpió, ni siquiera el extraño hombre, que esperó pacientemente a que yo diera el primer paso para empezar el segundo encuentro desde que llegué a la mansión.

Finalmente me dí la vuelta y eché a andar en su dirección. No me apetecía afrontar otra conversación en la que yo no comprendiera nada y él lo supiera todo, pero ¿que otra opción tenía? ¿Permanecer encerrada en la habitación, viendo los días pasar?

- Buenos días, señorita Lacey. Espero que haya pasado unos días agradables en sus aposentos.

- Sabe perfectamente que tal me ha ido ultimamente... Tiene vigilada toda la habitación. Sabe mejor que yo, incluso, que tal he dormido la noche anterior.

- Eso no es del todo cierto. Quiero que sepa que no estoy constantemente vigilándola. Intento no perturbar su intimidad dentro de lo posible. Es vigilada pero no espiada. - hizo una pausa para que yo pudiera procesar esa información - Pero he podido apreciar que esta usted más calmada, apenas sufre pesadillas... Y ha empezado a cuidarse.

Esa ultima frase la dejó en el aire, sin terminar pero expresando sin palabras lo que pensaba al respecto. Había dando a entender que me esmeraba por tener buen aspecto, pero lo que no tenia tan claro era si creía que era por y para él.

No sabia como responder a eso. ¿Como dejarle claro que lo hacia, única y exclusivamente, para mi misma? ¿Como decirle que no era de su incumbencia, sin que eso repercutiera negativamente en mi situación?
Sin  llegar a una conclusión de como abordar esa contestación, decidí pasar a otro tema.

- Aun no me ha dicho su nombre... Y agradecería saber el nombre de mi secuestrador.

 - Querida, "secuestrador" suena terriblemente mal... Considérelo unas vacaciones forzadas. En un lujoso hotel, por cierto. Dudo mucho que tenga quejas del trato que esta recibiendo.

- Teniendo en cuenta que no puedo hacer lo que me plazca fuera de la habitación en la que me "hospedo" - dije con ironía - si tengo ciertas quejas razonable. Y "secuestrador" es la palabra exacta. Además, sigue sin decirme su nombre.

- No hay quien la embarulle... - dijo entre divertido y molesto de que su maniobra de distracción hubiese sido fallida - Esta bien, mi nombre es...

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- Esta bien, mi nombre es... Velkan. - Dijo sin ganas pero con cierto tono orgulloso -. ¿Ya está más tranquila? - Hizo una pausa teatral y prosiguió con su monologo -. ¿Se da cuenta de que, aun cuando le he dicho mi nombre, no sabe nada de quien soy o de donde esta? Debería pensar más en que preguntas son importantes, para enfocar sus esfuerzos y conseguir una información que realmente le sea útil. Pero cada cual es dueño de su tiempo y de que decide hacer con él...

No se como lo hacía pero cada vez que abría esa bocaza suya, me hacía reflexionar, incluso replantearme seriamente, sobre como podía ser que no hubiera caído en la cuenta o sobre como rebatir sus ultimas palabras sin parecer la mocosa que en realidad aun era.

Sí, al fin y al cabo, seguía siendo una niña... A pesar de todo lo que había vivido ultimamente, era una cría, perdida y asustada, que intentaba permanecer fuerte e impasible a todo lo que ocurría a mi alrededor. Pero no iba a dejar que él se diera cuenta.

- Si cree que eso es esforzarse, Velkan, es porque no me conoce.

Una extraña sonrisa apareció en su rostro y sus ojos reflejaron, fugazmente, sus pensamientos con claridad. Casi demasiado fugaces como para entenderlos o captarlos. Casi.

Pero si algo se me daba bien, en ese condenado y absurdo mundo, era interpretar las leves muecas de los rostros, por muy desconcertantes que fueran sus propietarios.

Y Velkan había dejado que una sombra de temor se adueñara de su semblante. No sabría decir con certeza que temía, no se me daba tan bien, pero podía deducir que se debía a que empezaba a ser plenamente consciente de que no sería fácil doblegar mi voluntad a su antojo.

Era algo que yo tenía cada vez más claro, mi esfuerzo lo emplearía en permanecer fuerte y fiel a mi misma ante Velkan o cualquier otra persona que intentara someterme. Lo podían intentar pero no lo conseguirían por más esmero que pusieran en ello.

El silencio se instaló entre los dos, como si la fiereza de mis pensamientos hubiese traspasado los muros de mi mente. Permanecimos en la misma posición, frente a frente, yo de pie y el recostado en la hierba, aparentemente despreocupado, a la sombra del castaño. El viento mecía las grandes hojas del árbol y los rayos de sol aprovechaban cada ocasión que tenían para alcanzar el rostro de Velkan, dibujando formas abstractas en su pelo cobrizo y arrancando destellos de sus ambarinos ojos, que habían borrado toda sombra de emoción. Ahora permanecían impasibles, como de costumbre.

El jardín parecía hablar, todos los sonidos unidos para transmitir la ligereza de la que carecía aquel momento. Los revoltosos pajarillos persiguiéndose los unos a los otros entre las ramas de arboles y arbustos, el gorgoteo de las fuentes, el silbido del viento y el murmullo de las hojas. Todos componían una sinfonía etérea y distendida, totalmente opuesta a los sentimientos que flotaban en el aire entre Velkan y yo, que se habían ido tensando a medida que nuestro silencio se prolongaba en el tiempo.

Mi estomago se encogía, temiendo que algo estallara en esa tensión en calma. Pero mis hombros no se undían bajo la mirada fija de aquel hombre, que me mantenía a su merced y a la vez respetaba mi persona.

Un abrupto suspiro se escabullo entre mis labios, y ese liviano sonido disipó la tensión que tan real había sido un instante antes.

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Inspiré profundamente y sentí como si hubiese estado conteniendo la respiración.

Velkan, que había permanecido en una posición relajada todo ese tiempo, ahora parecía tenso. Se puso en pie con un movimiento ágil y andó hacia mi con paso decidido pero pausado. No apartó su mirada de la mía mientras avanzaba, ni siquiera cuando se plantó ante mi, rostro frente a rostro, con su nariz a escasos centímetros de la mía.
Sentía su aliento sobre mi rostro pero no retrocedí ni un paso, en parte porque no me sentía capaz de moverme sin que en un momento u otro me fallaran las piernas y por otro lado porque no quería parecer intimidada por su cercanía. Con él todo era un juego de estrategia, si vacilabas una vez, estabas perdido.

Tardó en hablar, lo que a mi me pareció una eternidad, pero cuando lo hizo me sorprendió su tono de voz. De repente sonaba brusco, enfadado, desprovisto de la caballerosidad que lo caracterizaba a pesar de que seguía hablándome de usted.

- Si no la necesitara, señorita Lacey, sería un buen conejillo de indias con el que experimentar. Y creame cuando le digo que no le gustaría participar en los experimentos que tengo en mente.

Esa afirmación, junto con lo que me transmitió su mirada, me turbó profundamente. Había algo aun más oscuro que su amenaza oculto detrás de cada palabra, algo que caló hondo en mi interior, algo que consiguió sacudir cada terminación nerviosa de mi cuerpo, provocando que mi visión se enturbiara por unos instantes y que un sudor frió me empapara la espalda. La garganta se me cerró, aunque hubiese querido no habría podido pronunciar palabra, pero tampoco me parecía sensato contestar a la clara amenaza que me había lanzado Velkan. No quería averiguar si tenia razón sobre mis gustos a la hora de realizar experimentos.

Aparté la mirada de la suya, fijándola en una estatua de mármol que había en la lejanía, intentando recuperar el control de mi mente enajenada y de mi corazón desbocado, que retumbaba en mis oídos.

Él acercó aun más su rostro al mio. Pegó su boca a mi oído y me susurró a pesar de que aun no era ni medio día:

- Buenas noches, querida.

Nada más oír aquello me invadió la sensación de caer al vacío y, mientras me hundía en la oscuridad, lo último que vi fue su mirada perturbadora.

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LACEY:
Con un nuevo amanecer llego la calma, como un bálsamo para mi corazón. 
Paró las lágrimas silenciosas que habían sustituido los ruidosos sollozos.
Y dejó mi mente en blanco, reticente a volver a la realidad.


VELKAN:
Detestaba profundamente lo lento que iba todo, cuando creía que había algún avance ella conseguía sacarme de mis casillas y que,yo mismo, lo echara todo a perder. 
Supongo que ese era uno de sus muchos dones, conseguir que los demás sabotearan sus propios planes sin que ella tuviera que esforzarse por conseguirlo por sí misma.

Viéndola por la pantalla de las cámaras de seguridad, echada en su cama, naufragando entre el sueño y la consciencia, parecía incapaz de cabrearme tal como hizo la última vez que nos reunimos.
Ese día consiguió alterarme hasta tal punto que le mostré el temor que de vez en cuando acudía a mi mente: ¿Y si jamás conseguía lo que deseaba de Lacey?
El tiempo que costara conseguirlo también me preocupaba, en otra situación no sería un problema, ni siquiera si tuviera que esperarme durante años pero en esos momentos todo era muy distinto. No había tiempo para estupideces.

A pesar de que habían pasado dos días desde que perdí los papales y dejé fuera de combate a Lacey, seguía reprochándome a cada instante la falta de autocontrol. Si no era capaz de mantener la calma ante las estúpidas réplicas de una simple adolescente, no conseguiría sobrevivir a lo que se me echaba encima. 
El tiempo apremiaba y mi negligencia no hacía más que empeorar la situación.
Tenía que ir a verla y arreglar las cosas.


LACEY:
En algún momento de esa mañana el sueño había vencido mi reticente consciencia y me había quedado profundamente dormida.
Al despertar lo primero que vi fue, de nuevo, ese color ámbar que empezaba a detestar: el de los ojos de Velkan.
Estaba sentado a los pies de la cama, como si fuera lo más normal, como si la última vez que habíamos hablado no me hubiese amenazado y aterrorizado hasta el punto de hacerme perder la cordura.
Supuse que le debía divertir lo fácil que era aterrorizar a una insignificante niña llorona. Me daba hasta vergüenza mirarle a la cara después de haber sucumbido tan fácilmente al miedo, ya no sería capaz de plantarle cara con la misma firmeza que dos días antes.

De reojo y deseando que no se diera cuenta, lo miré. Su expresión era extrañamente dulce, parecía relajado aunque se notaba que se esforzaba por parecerlo.

- Quiero ofrecerle mis más sinceras disculpas. El otro día fui descortés con usted y mi reacción fue desmesurada. Por favor acéptalas e intentemos construir una relación cordial y más respetuosa.

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